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lunes, 7 de diciembre de 2009

Memoires d'Hadrien

Marguerite Yourcenar fue una escritora francesa de exquisita sensibilidad. Yo la descubrí con la novela Opus Nigrum (l'Oeuvre au Noir) y me dejó sin habla. Después leí su obra más conocida y de la que os pongo tres pequeños fragmentos en los que sale a relucir la flauta.
La obra es, como el título de la entrada indica, Las memorias de Adriano y fue publicada en 1951. La novela traza la vida del emperador Adriano a través de una larga carta de Adriano a su posible sucesor, Marco Aurelio.
En las notas que la autora hizo de al novela hay esta frase
"Tener razón demasiado pronto es lo mismo que equivocarse"
La traducción del texto es nada menos que de Julio Cortázar.
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Impulsábame a ello mi gusto por el extrañamiento; me placía frecuentar a los bárbaros. Aquel gran país situado entre las bocas del Danubio y las de Borístenes, triángulo del cual recorrí por lo menos dos lados, se cuenta entre las regiones más sorprendentes del mundo, al menos para nosotros, hombres nacidos a orillas del Mar Interior, habituados a los paisajes puros y secos del sur, a las colinas y penínsulas. Allí adoré a la diosa Tierra, como aquí adoramos a la diosa Roma, y no hablo de Ceres sino de una divinidad más antigua, anterior a la invención de los cultivos. Nuestro suelo griego o latino, sostenido por la osamenta de las rocas, posee la elegancia ceñida de un cuerpo masculino; la tierra escita tenía la abundancia algo pesada de un cuerpo reclinado de mujer. La llanura sólo acababa en el cielo. Frente al milagro de los ríos mi maravilla no tenía fin; aquella vasta tierra vacía era tan sólo una pendiente y un lecho para ellos. Nuestros ríos son cortos, y jamás nos sentimos lejos de sus fuentes. Pero el enorme caudal que acababa aquí en confusos estuarios, arrastraba consigo los limos de un continente desconocido, los hielos de regiones inhabitables. El frío de una meseta española no es inferior a ningún otro, pero por primera vez me hallaba cara a cara con el verdadero invierno, que en nuestras regiones sólo hace apariciones más o menos breves, mientras allá se mantiene durante largos meses, y más al norte se lo adivina inmutable, sin comienzo ni fin. La noche de mi llegada al campo, el Danubio era una inmensa ruta de hielo rojo, y más tarde de hielo azul, en la que el trabajo interior de las corrientes marcaba huellas tan hondas como las de los carros. Nos protegíamos del frío con pieles. La presencia de ese enemigo impersonal, casi abstracto, provocaba una exaltación extraordinaria, una sensación creciente de energía. Luchábamos por conservar ese calor, como en otras partes luchábamos por conservar el coraje. Ciertos días, en la estepa, la nieve borraba todos los planos, ya harto poco apreciables; se galopaba en un mundo de espacio puro, de puros átomos. La helada daba a las cosas más triviales y blandas una transparencia y una dureza celestes. Un junco quebrado se convertía en una flauta de cristal. Assar, mi guía caucásico, rompía hielo al atardecer para abrevar nuestros caballos. Aquellas bestias eran uno de nuestros puntos de contacto más útiles con los bárbaros; los regateos y las interminables discusiones originaban una especie de amistad, y el respeto mutuo nacía de alguna proeza ecuestre. De noche, los fuegos del campamento iluminaban los extraordinarios brincos de los bailarines de estrecha cintura y sus extravagantes brazaletes de oro.

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Durante esos años que precedieron a la gran crisis, había tomado una decisión que llevó a mis enemigos a considerarme irremediablemente frívolo, y que en parte estaba destinada a lograr ese fin y parar así todo ataque. Pasé algunos meses en Grecia. La política, por lo menos en apariencia, no tuvo nada que ver con ese viaje. Se trataba de una excursión de placer y de estudio; volví con algunas copas grabadas y libros que compartí con Plotina. De todos mis honores oficiales, el que allí recibí me dio la alegría más pura: fui nombrado arconte de Atenas. Pude concederme algunos meses de trabajo y fáciles deleites, de paseos en primavera por colinas sembradas de anémonas, de contacto amistoso con el mármol desnudo. En Queronea, adonde había ido a enternecerme con el recuerdo de las antiguas parejas de amigos del Batallón Sagrado, fui durante los días huésped de Plutarco. También yo había tenido mi Batallón Sagrado, pero, como me ocurre a menudo, mi vida me conmovía menos que la historia. Cacé en Arcadia; rogué en Delfos. En Esparta, a orillas del Eurotas, los pastores me enseñaron un antiquísimo aire de flauta, extraño canto de pájaros. Cerca de Megara di con una boda rústica que duró toda la noche; mis compañeros y yo osamos mezclarnos a las danzas, atrevimiento que las pomposas costumbres de Roma nos hubieran vedado.

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La barca que el mercader Erasto de Éfeso me prestaba para navegar por el archipiélago fondeó en la bahía de Falera, y me instalé en Atenas como un hombre que vuelve al hogar. Me atrevía a tocar aquella belleza, trataba de convertir una ciudad admirable en una ciudad perfecta. Por primera vez Atenas se repoblaba, empezaba a crecer después de un largo período de decadencia. Doblé su extensión; preví, a lo largo del Iliso, una nueva Atenas, la ciudad de Adriano después de la de Teseo. Había que disponerlo y construirlo todo. Seis siglos antes, la construcción del gran templo consagrado a Zeus Olímpico había quedado interrumpida. Mis obreros se pusieron a la tarea; Atenas conoció otra vez la exaltación jubilosa de las grandes empresas, que no había saboreado desde los días de Pendes. La inspección de los trabajos requirió ir y venir diariamente en un laberinto de máquinas, de complicadas poleas, fustes semilevantados y bloques blancos negligentemente apilados bajo lío el cielo azul. Volvía a encontrar allí algo de la excitación de los astilleros navales; un navío aparejaba rumbo al porvenir. Por la noche, la arquitectura cedía el lugar a la música, esa construcción invisible. He practicado un poco todas las artes, pero sólo me he ejercitado constantemente en el de los sonidos, donde me reconozco con cierta excelencia. En Roma disimulaba esa afición, a la que podía entregarme discretamente en Atenas. Los músicos se reunían en el patio donde había un ciprés, al pie de una estatua de Hermes. Seis o siete solamente: una orquesta de flautas y liras, a la que a veces se agregaba un virtuoso de la citara. Casi siempre tocaba yo la flauta travesera. Ejecutábamos melodías antiguas, casi olvidadas, y también nuevas melodías compuestas para mí. Amaba la viril austeridad de los aires dorios, pero no me desagradaban las melodías voluptuosas o apasionadas, las modulaciones patéticas o artificiosas, que las personas graves, cuya virtud consiste en tenerlo todo, rechazan por considerarlas trastornadoras de los sentidos o del corazón. A través de las cuerdas entreveía el perfil de mi joven camarada, atentamente ocupado en cumplir su parte en el conjunto, y sus dedos que corrían a lo largo de los hilos tendidos. Aquel hermoso invierno fue rico en frecuentaciones amistosas; el opulento Ático, cuyo banco costeaba mis trabajos edilicios no sin obtener provecho, me invitó a sus jardines de Kefisia, donde vivía rodeado de una corte de improvisadores y escritores de moda; su hijo, el joven Herodes, era un conservador arrebatador y sutil a la vez, que se convirtió en el comensal indispensable de mis cenas atenienses. Había perdido por completo la timidez que lo hiciera quedarse corto en mi presencia, en la época en que la efebía ateniense lo envió a la frontera sármata para felicitarme por mi advenimiento, pero su creciente vanidad me parecía divertidamente ridícula. El retórico Polemón, famoso en Laodicea, que rivalizaba con Herodes en elocuencia y sobre todo en riqueza, me encantó por su estilo asiático, amplio y centelleante como las olas de un Pactolo; aquel hábil ajustador de palabras vivía como hablaba, con fasto. Pero el más precioso de los encuentros fue el de Arriano de Nicomedia, mi mejor amigo. Doce años menor que yo, había comenzado la bella carrera política y militar en la cual continúa honrándose y sirviendo. Su experiencia de los grandes negocios, su conocimiento de los caballos, los perros y todos los ejercicios corporales, lo ponían infinitamente por encima de los simples hacedores de frases. En su juventud había sido presa de una de esas extrañas pasiones del espíritu sin las cuales no hay quizá verdadera sabiduría ni verdadera grandeza: dos años de su vida habían transcurrido en Nicópolis, en Epiro, habitando el cuchitril frío y desnudo donde agonizaba Epicteto; se había impuesto la tarea de recoger y transcribir palabra por palabra los últimos pensamientos del anciano filósofo enfermo. Aquel periodo de entusiasmo lo marcó para siempre; conservaba de él admirables disciplinas morales y una especie de grave candor. Practicaba en secreto una vida austera de la que nadie tenía idea. Pero el largo aprendizaje del deber estoico no lo había endurecido en una actitud de falsa sabiduría; era demasiado fino como para no haberse apercibido de que los extremos de la virtud se asemejan a los del amor en que su mérito proviene precisamente de su rareza, de su condición de obra maestra única, de hermoso exceso. La inteligencia serena, la perfecta honradez de Jenofonte le servían desde entonces de modelo. Escribía la historia de Bitinia, su país. Había yo colocado a esta provincia, largo tiempo mal administrada por los procónsules, bajo mi jurisdicción personal; Arriano me aconsejó en mis planes de reforma. Lector asiduo de los diálogos socráticos, no ignoraba nada de las reservas de heroísmo, abnegación y a veces sapiencia con que Grecia ha sabido ennoblecer la pasión por el amigo; así, trataba a mi joven favorito con una tierna deferencia. Los dos bitinios hablaban ese dulce dialecto de la Jonia, lleno de desinencias casi homéricas, en el cual convencí más tarde a Arriano de que escribiera sus obras.

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Saludos,



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