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viernes, 26 de marzo de 2010

Impresiones y paisajes (2/2) - FGL

Nos despedimos de Lorca y su relación con la flauta con este delicioso relato. Atentos a la definición de la flauta "Ese instrumento galante y distinguido, ese tubo aristocrático y literario,..."

Está incluido, como decíamos ayer, en el libro Impresiones y Relatos. La historia va completa.

Tarde Dominguera en un pueblo grande

En las primeras horas mucho silencio y quietud, una paz inefable..., sólo se oían chirriar a los pájaros sobre las acacias o alguna carreta que pasaba por la calle desierta... Luego, cuando el sol se quería hundir en el fondo del paisaje se fueron las puertas abriendo y se asomaron a ellas muchachas con flores en las cabelleras y empolvadas graciosamente.....

Por una calleja salieron unos niños con sus trajes nuevecitos, que ellos por no estropear ni siquiera movían los brazos, por el centro de la calle iban las niñas paseando, cogiditas del brazo con los pañuelos en la mano... En el paseo del pueblo había gran animación. Bajo los altos álamos se retenía el polvo que levantaban los paseantes... Las muchachas negruzcas, coloradotas, fresconazas, se pavoneaban ufanas de sus blusas de sedas chillonas, de sus cadenas de oro falso, de sus senos enormes y temblorosos. Los muchachos las seguían con miradas incitantes entornando los ojos y echándose los sombreros sobre las caras.

Eran las muchachas ramplonas y hermosotas, de labios frescos y sensuales, de cabelleras negras y espléndidas... Los caños de la fuente hacían hervir al agua parada y mansa de las tazas. En los cielos comenzaban los albores divinos del crepúsculo. Sobre las nubes había suavidades de rosas transparentes... En un esquinazo del paseo, entre rosales blancos y grandes matas de dompedros, unos novios se hablaban juntando las cabezas con ansia visible de besarse... Algunas mozuelas los miraban envidiosas de reojo... ¡Bien merecía la tarde cargada de lujurias celestes, un beso apasionado de aquellos amantes!... En un banco de piedra gris con brillos de espejo, una vieja apergaminada y roñosa entretenía a un bebé rubio que manoteaba ansiosamente queriendo cortar una rosa que temblaba serena entre el ramaje... Más allá un grupo de niñas se abrazaron por la cintura y cantaron desafinadamente un viejo romance de guerra y amor... Había un gran mareo de conversaciones que flotaba zumbón en el aire... Entonces desde un viejo kiosco de maderas carcomidas la banda de música comenzó a tocar... Eran raros y graciosos los músicos: uno de ellos no tenía uniforme, los demás lo tenían en estado lamentable... Una habanera de zarzuela española vibró en el ambiente... Era cursi y melancólica, y sentimental, y odiosa... Pasan por nuestra alma muchas melodías que nos hieren la emoción con estos contrastes... La tuba y los bombardinos llevaban el ritmo lánguido y casi oriental... A veces había en el sonido de dichos instrumentos fracasos de aire y de técnica... El clarinete daba horrorosamente carcajadas expresivas remontando los aires con notas estrambóticas y difíciles... ¡Trabajaban verdaderamente los pobres músicos! Alguno sudaba fatigadísimo... Sólo el redoblante serio y grave daba de cuando en cuando un golpe seco en su instrumento..., y miraba al público como muy satisfecho de lo que hacía... El director, hombre maduro con los bigotes tiesos y de vientre abultado, dirigía muy expresivo moviendo los brazos al compás de la habanera, dirigiéndose imperativamente al del timbal cuando tenía que dar algún golpe de efecto, arqueando las cejas pobladas, y hundiendo los ojos en blanco cuando modulaba la melodía al tono menor para repetir el tema... Cerca del maestro estaba el que tocaba la flauta, que era un hombre bajito excesivamente grueso, y de mirada viva y penetrante... Soplaba con gran brío y abría desmesuradamente los ojos... Hizo solo unos compases largos y arrastrados, a los que el maestro entornó los ojos con inmenso agrado y que la gente escuchó religiosamente... Un vejete sucio y harapiento que había cerca de mí exclamó mirándome: "Ese es el mejor músico de tos...; le viene por herencia, lo tiene en la masa de la sangre, ¿no se ha fijao usted?"... Me fijé en el pobre músico, y era causa de gran regocijo ver aquella bola de carne con ojos de ratón que movía con placer, y causaba gran extrañeza ver la flauta en sus manos. El instrumento galante y distinguido, ese tubo aristocrático y literario, hermano de la lira y la siringa, cuyo prestigio confirmó el siglo del encaje y del clavicordio estaba sostenido por unas manazas de piedra cubiertas de vello y arrugas que herían torpemente los registros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . La habanera no acababa nunca..... Las niñas la cantaban con una letra en que el sol, el lirio y la palma, rubia, salían a relucir...; los muchachos la silbaban con fuerza. . . . . . . . . . . . . . . . . .

Sentado en una silla y con las manos en los bolsillos, un pollo bien que desentonaba con el conjunto, contemplaba a la gente con gesto de idiotez y superioridad... Algunas muchachas se reían de verlo con los pelos laminados y una trincha apretándole la cintura...

Iba la tarde cayendo, paró la banda de tocar y el paseo se fue quedando desierto . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Comenzó la campana de la iglesia a llamar al rosario . . . . . . . . . . . Tocó la banda otras cosas más, y la gente se fue retirando a sus casas... Las veletas estaban rojas por la luz del atardecer, lo demás estaba ya en sombra...

Empezaron a entrar en el pueblo los trabajadores, venían cansados y harapientos, andando pausadamente con las azadas al hombro y las cabezas bajas... Detrás de ellos llegaron los rebaños dulces y reposados, dejando estelas polvorientas al son de las esquilas..., y llegaron las piaras de mulas retozonas haciendo correr asustadas a las niñas, y los potrillos suaves y lanudos, que relinchaban presintiendo la cálida gratitud del establo... Todo el aire se llenó de esquilas y cencerros broncos de balidos y relinchos... Y por último, entraron en el pueblo los cerdos, dando feroces gruñidos y corriendo a sus casas seguidos de sus dueñas, que van detrás de ellos con un cuartillo relleno de habas o de maíz para fascinarlos y meterlos en las zahurdas... Otra vez quedó el pueblo en silencio... Por el paseo solitario cruzó el señor cura, que iba a los rezos de la tarde. Un niño pasó silbando con una alcuza en la mano.

Sobre unos tapiales blanquísimos con reflejo de crepúsculo muerto, se recortan los negros garabatos retorcidos de dos viejas que van devotamente a rezar el rosario..., y que al fin se hunden en la boca profunda de la puerta de la iglesia... En las casas preparan las cenas... Por una calle que da a los campos vienen lentamente dos vacas grandes, rubias y simpáticas, arrastrando sus tetas por el camino... Detrás dos niños las azuzan con varas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . Luego se oye una guitarra y un piano viejo de la casa de un rico que dice a Czerny monótonamente.

Fin del relato
Saludos,

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