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viernes, 12 de marzo de 2010

Miguel Delibes ha muerto

Me ha llegado por varias vías la noticia de la muerte del vallisoletano Miguel Delibes, que no ha llegado a poder cumplir sus noventa años.

El blog no es de literatura de manera que no voy a trazar su perfil, para esto podéis consultar la misma Wikipedia, que increíblemente ya está actualizada con al fecha de su muerte, hoy. Aquí.

Como homenaje, duplicaré la entrada literaria de hoy y adelantaré la que tenía preparada para dentro de unos meses, en su 90 aniversario, con los dos escritos que conozco de Delibes en los que se menciona la flauta.

El primero es el Diario de un Cazador, (las citas van entrecomilladas y en cursiva)

La primera mención es el

"4 diciembre, jueves

Cuando subí a comer este mediodía no se podía parar. En la azotea había una docena de cajones de envasar pescado que tiraban para atrás. Llamé en casa del señor Moro y le pregunté qué pintaba allí aquella basura. Asomó la bruja de la Carmina y me voceó que si me importaba a mí mucho lo que pintaban allí los cajones. Le dije que tanto, que si ella no los quitaba de allí los iba a tirar yo mismo a la calle. Metió el cuezo el señor Moro y me dijo que los cajones se estaban secando para luego hacer astillas con ellos. El cipote me preguntó si sabía yo lo que costaba un saco de leña. La madre, que andaba al quite, dijo que si creía el señor Moro que ella encendía la lumbre con piñas de California. Yo dije entonces que bien que ahorrasen en leña, pero que pongan a secar los envases donde no molesten. La pingo de la Carmina todavía voceó que si los iba a meter en la cocina, y yo le contesté, de mal café, que por mi parte podía meterlos donde le cupieran.

A las siete salí con la chavala. No sabe hablar más que de las Mimis. Dice que la mayor tiene un novio fogonero y que ella por nada del mundo querría un novio fogonero. Le pregunté que si por lo de los tiznones, y ella dijo que no por eso, sino porque cada jueves y cada domingo se largan de casa y a ella le gustan los hombres caseros. Anduvo un rato rondando delante de «La Conchita», pero yo me hice el sueco.

De retirada me topé con Melecio. Ha recibido una citación del Ayuntamiento y le dije que es fijo por lo de la Sinfónica. Él se encogió de hombros. Ya le advertí que si le hacen flauta caerán unas pelas. Mañana se pasará por allí a ver lo que se cuece. Le pregunté por la Doly y me dijo que el domingo podremos llevarla ya donde lo del Pavo."

y después el,

"12 diciembre, viernes

Don Basilio me llamó esta mañana a su despacho y me dijo que había tratado con don Rafael el asunto de la Conserjería. Se me paró en seco el corazón. Luego me dijo que por encima de su voluntad estaban los treinta y cinco años de servicios del señor Moro, y yo le dije que me parecía justo. Me aclaró que al señor Moro le restan dos años y unos meses de vida activa, y que al cabo de ellos volveríamos a hablar. El que no se consuela es porque no quiere. Pero, anda, que vaya él a decirle a la madre que aguarde todo ese tiempo. Ya iba a largarme, cuando me dijo que acababa de despedir al sereno que encendía la calefacción del Centro, porque apandaba carbón. Me ofreció el puesto por doscientas mensuales. Antes de dejarme hablar me hizo ver la necesidad de encender la caldera a las cinco de la madrugada para que las aulas estén templadas para las primeras clases. Acepté a ojos cerrados, y cuando se lo comuniqué a la madre, dijo que Dios aprieta, pero no ahoga. Yo la advertí que lo malo será en los meses de calor, cuando nos quiten los cuarenta barbos. La madre se echó a reír y me dijo que ya de chico era igual, y que el día que se abría la veda lloraba pensando en el día en que habría de cerrarse. Hasta después de vacaciones no empezaré con la calefacción.

Melecio me dijo esta tarde que ha habido otra reunión en el Ayuntamiento. El alcalde está decidido a traer un chelo de donde sea. La Prensa habla hoy del asunto y dice que nuestra ciudad necesita una agrupación así, que ya existe en localidades menos pobladas. El alcalde quiere tenerlo todo liado para primero de año. A Melecio le ofreció el puesto de flauta. Él dice que no, pero le gusta que se acuerden de él más que comer con los dedos.

La chocha-perdiz la pringó anteanoche. El Mele, el hombre, anduvo toda la noche hecho un lloraduelos hasta que se cansó y se quedó dormido.

Estuve donde Anita, pero no salió. No sé qué demonios le pasa. Si espera que yo le baile el agua, está fresca."

y la otra obra en la que aparece fugazmente la flauta es en su obra del 1962, Las ratas, compendio de anécdotas del escritor castellano. De su capítulo catorce extraemos este fragmento:

"

...

El Mamertito evolucionó aún sobre la Plaza unos instantes, en tanto los fieles se persignaban y el Antoliano iba, poco a poco, recogiendo cable. Tan pronto desapareció el Ángel tras el vano de la torre, doña Resu se incorpor6 penosamente y dijo:

-Alabámoste Cristo y bendecímoste.

Y el pueblo devoto coreó:

-Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Acto seguido, todos penetraron en el templo y se postraron de hinojos, mientras arriba, en el coro, Fru­tos, el Jurado, daba suelta a una paloma del palomar del Justo. El animal, desconcertado, sobrevoló unos minutos la multitud, golpeándose varias veces contra las vidrieras, y, al final, fue a posarse aturdidamente sobre el hombro derecho de la Simeona. Entonces el Undécimo Mandamiento se volvió al pueblo desde las gradas del altar y le dijo a la Sime campanudamente:

-Hija, el Espíritu ha descendido sobre ti.

La Sime meneaba el hombro disimuladamente, tra­tando de ahuyentar a la paloma, pero en vista de que era inútil se resignó y empezó a tragar saliva con unos ruiditos extraños, como si se ahogara, y por último se dejó conducir por doña Resu hasta el hachero y, una vez allí, el pueblo desfiló ante ella y unos le besaban las manos, y otros hacían una genuflexión y los más tímidos dibujaban subrepticiamente sobre sus rostros requemados un garabato, como una furtiva señal de la cruz. Terminado el homenaje, la Sime, custodiada por los Apóstoles y precedida por la Virgen„y el Ángel anunciador, que marcaban el paso a los acordes de la flauta y el tamboril, desfiló por las calles del pueblo, mientras la noche caía blandamente sobre los cerros.

Al iniciarse la procesión, el Nini corrió junto al Centenario, que apenas era ya un revoltijo de huesos bajo la lavativa:

-Señor Rufo -le dijo jadeante-, la paloma se le posó a la Sime esta tarde.

El viejo suspiró, levantó dificultosamente un dedo hacia el techo y dijo:

-Los buitres ya andan arriba. Los sentí esta ma­ñana.

-Yo les vi -dijo el niño-. Volaban sobre la to­rre. Vienen por la galga del Furtivo.

El Centenario denegó obstinadamente con la ca­beza. Al cabo dijo, con un gran esfuerzo, señalándo­se el hombro izquierdo:

-Ésos vienen a posarse aquí.

Y en efecto, a la tarde siguiente, San Francisco Caracciolo, falleció el Centenario. La Sime acostó el cadáver en el suelo del zaguán, boca arriba, sobre una arpillera, y le quitó el trapo de la cara de forma que el hueso rebrillaba a la luz de los cirios. En de­rredor se congregó el pueblo enlutado y silencioso y la Sime le dijo al Nini apenas entró:

-Ahí le tienes. Al fin descansamos los dos.

Mas el tío Rufo no parecía descansar, con su úni­co ojo y la boca patéticamente abiertos. Ni la Sime parecía descansar tampoco, porque tragaba saliva sin cesar, con unos ruiditos ahogados, como la víspera cuando el Espíritu descendió sobre ella. Pero a cada uno que llegaba le endilgaba la misma cosa y cuan­do el moscón, luego de estar posado diez minutos en las descarnaduras del Centenario, empezó a volar sobre la concurrencia, todos hacían aspavientos para ahuyentarle excepto la Sime y el niño. Y el moscón retornaba sobre el cadáver que era, sin duda, el más desapasionado de todos, pero cada vez que reanu­daba el vuelo, los hombres y las mujeres abanicaban disimuladamente el aire para que no se les posase, y de este modo producían un siseo como el de las as­pas de un ventilador. Media hora más tarde se pre­sentó el Antoliano con el cajón de pino oliendo toda­vía a resina, y la Sime pidió que la echasen una mano, pero todos ronceaban, hasta que entre ella, el Nini y el Antoliano lograron encerrarle, y como el Antoliano, por ahorrar material, había tomado las medidas jus­tas, el tío Rufo quedó con la cabeza empotrada entre los hombros como si fuese jorobado o estuviera di­ciendo que a él ninguna cosa de este mundo le im­portaba nada.

... "


Y hasta aquí lo que encontré de Delibes y la flauta.

Para terminar un vídeo que no es de flauta, sino el In paradisum del Requiem de Fauré.

In paradisum deducant te Angeli; in tuo adventu suscipiant te martyres, et perducant te in civitatem sanctam Ierusalem.
Chorus angelorum te suscipiat, et cum Lazaro quondam paupere æternam habeas requiem.

O, en el castellano de Delibes,

Al paraíso te conduzcan los Ángeles; a tu llegada te reciban los mártires, y te conduzcan a la ciudad santa de Jerusalén. El coro de los ángeles te reciba, y con Lázaro otrora pobre tengas el eterno descanso.

Yo no soy creyente, pero Delibes sí lo era. Va por él.

Saludos,