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martes, 20 de abril de 2010

Á Granel - Libro de Pasatiempo y deporte

LA VELADA EN VALLUMBROSA

Á una dama mexicana

¿Recuerda usted, mi bella y queridísima amiga, aquella velada literaria en la meseta de un monte, que adelanta su cabo, mar adentro, junto al agrio Garraf, entre Villanueva y Sitges; velada deleitosa, celebrada allá en lo alto, entre la tierra y el cielo.

Á muchísimas asistí durante mi vida y en muchas tomé parte. Ninguna como aquélla.

¿Lo recuerda usted, verdad?... Ya, pero no con todos sus detalles. Alguno se le olvidó á usted... ¿Que no? Vamos á verlo.

Permítame usted, antes, que haga redividir aquellos recuerdos en su memoria por medio de estas líneas, á que doy misión y plenipotencia de ofrecer á usted mi respetuoso homenaje y, con él, el de poner á sus pies las pobres leyendas mías que con tan cariñosa solicitud ha tenido la bondad de pedirme.

Habíamos pasado el día de excursión, ó mejor dicho, de gira, con todos aquellos cariñosos amigos que fueron invitados á la jornada de campo.

La esplendidez del día y lo grato de su temple contribuyeron al goce y al éxito de nuestra excursión, avigorado el pecho por el aire sano del monte y agilitados los miembros con todo el bullir y travesear de aquella fresca madrugada.

Durante nuestro matinal paseo visitamos la iglesia bizantina del pueblo, pero en la poco afortunada ocasión de estarse celebrando las honras fúnebres de un primate de la comarca.

Es una iglesia vetusta, negra, y también grandiosa, como construida en apartados tiempos para más vecindario del que hoy existe en la aldea. Honda impresión hubo de causarnos la visita. El templo, poco menos que en plena tiniebla, con las cortinas de tupida sarga corridas sobre los vidrios de colores. El féretro, cubierto por holgado paño negro, sobre el cual destacaba sus brazos una cruz blanca. En torno, varios blandones, de los cuales, en la obscuridad, sólo aparecían las tremolantes llamas, semejando almas de fuego que acudían al túmulo, batiendo los aires, para recibir la del difunto.

Nada impresiona tanto como esas nuestras antiguas iglesias españolas, misteriosas y teatrales, con tinieblas translúcidas, mezcla de sombras y luces, y con su maravilloso consorcio de realismo y misticismo.

El predicador, allá en lo más sombrío, no es un orador en el pulpito, es una voz que sale de entre las tinieblas. Los cirios ante los retablos y las lámparas colgantes ante las capillas, mueven en la obscuridad sus lucecitas, que parecen flotar en el espacio como luciérnagas voladoras.

La orquesta, con sus contrabajos que roncan, sus flautines que ruiseñorean, sus violines que modulan y su órgano que llora, arrojan por debajo de las bóvedas músicas exorables, cantos de imploración que suben al cielo en demanda de paz para el que sufre y de consuelo para el que reza.

Al salir de aquella visita á la iglesia, cruzando el campo ó terrero, donde, según usanzas antiguas, todavía se efectúan enterramientos, fué cuando usted me preguntó:

—¿Por qué donde hay luz hay sombra?

Y no contesté.

La conversación, tomando nuevo giro de repente, y volando por otras regiones, hizo que usted olvidara su pregunta y yo, sin olvidarla, no diera la respuesta.

Por la tarde volvimos á nuestra masía, oculta en las soledades y silencios de estos montes que se extienden en anfiteatro á espaldas de Villanueva, aquella masía que tan acertadamente bautizó usted con el nombre de mas de Valleumbroso.

Sosegado el ánimo y extrañada la fatiga, todos nos reunimos en el anchuroso salón y decidimos trasladarnos al salutífero bosque de pinos, con vistas al mar, que debía ser aquella noche nuestro tinelo para la cena al aire libre y teatro luego de la velada literaria que teníamos proyectada.

Era al caer de la tarde, en los momentos que preceden al crepúsculo vespertino, cuando el sol, al tramontar, arroja sus últimos resplandores sobre un cielo ignífero y se desvanece, ó, mejor, se hunde en una gloria de púrpura, de azur y de fuego.

Estábamos en los albores de la primavera, mocedad del año, como es la mocedad primavera de la vida. Todo renacía, todo brillaba, todo vivía. La brisa era dulce y perfumada, flotando por los espacios como si llevara el amor en ella. Parecía traernos en sus alas la inspiración, pues todo era entre nosotros derroches de entusiasmo y desates de ingenio. El aire cariñoso, la tierra floreante, el espacio en aromas, el cielo en fuego, la mar en ardentía, el corazón en júbilo.

Allá junto se alzaba el Garraf riscoso de las leyendas levantinas, dibujando á través de las brumas sus peñascos, como muros y torreones de una ciudad pelásgica.

Á lo lejos, montes en cultivo desde el pie á la cumbre, escalonados por terraplenes de viña sana y sin filoxera, junto á campos donde asoma el trigo nuevo con ese rico color verde-esperanza que sólo aparece una vez al año.

En la sierra vecina, el pino silvestre, el roble centenario, la empinante encina a quien se abraza la hiedra con tenacidad implacable, y por entre grandes matas de retama, que es el alhelí de los bosques, con sus esbeltos estambres y sus flores de oro, la abundosa aliaga, de cáliz azucarado, en que halla su alimento favorito la golosa abeja.

En las huertas y quebradas de los valles, los árboles frutales en flor, el asfodelo á campos, la amapola en grupos, el almendro florido, con su esponjosa cabellera blanca y rosa que le convierte en un árbol de leyenda; la tierra, vestida por tapices de toda clase de hierba, con toda clase de verde, sobre los cuales asomaban florecillas con toda clase de colores.

Ante nosotros, la mar, la mar en argentel, allá, en lo hondo, á nuestros pies, en un abismo; la mar en toda su extensión y majestad, en todo su oro y azul, que así aparece cuando el sol la dora; la mar, imponente, grandiosa, soberbia, luminosa, ligeramente rizada, lo preciso sólo para dejarnos ver la coquetería de su maravilloso cabrilleo.

El espectáculo infundía miedo á fuerza de imponer respeto, si es que hay algo ya que pueda inspirar respeto en estos tiempos que corremos.

A nuestra izquierda, por donde el sol asoma, Sitges la blanca, con sus huertas de limoneros y naranjos, que son una delicia; con su cementerio, que es un miradero sobre el mar; con su Cau Ferrat, que es un encanto; con su virgen de las Nieves, que es un amor de virgen; con sus palmeras africanas, que recuerdan el Oriente; Sitges, que es, en nuestra Cataluña, un país creado expresamente para que uno pueda perezosamente tenderse en la arena de la playa, con el cuerpo adormecido y el alma despierta, sin ocuparse de otra cosa que de dar libertad al pensamiento para que vague á sus anchas por las espumosas olas. Más allá, los arenales de Castell de Faels, donde aun se alzan las torres albarranas de los fieles caudillos, centinelas avanzados de la patria. En seguida, los jardines y los huertos de las orillas del Llobregat umbroso, y ya, luego, Barcelona con sus turbulencias y desfogues, la ciudad del diablo como rezan las leyendas del Tibi Dabo; Barcelona, con los cíclopes de sus fornallas, los magos de sus máquinas, los atletas de sus crónicas, los héroes de su historia, sus capitanes y sus mercaderes; Barcelona, enamorada de lo positivo con sus banqueros y sus industriales, enamorada de sus libertades patrias con sus ciudadanos y sus cónsules, enamorada del ideal con los poetas de sus Juegos Florales; Barcelona, que tiene de parecido á Florencia, la principal y más bella ciudad del mundo, lo de espiritualizarse al surgir idealizada de entre el humo de sus fábricas y de entre sus turbas y rebullicios de obreros, remontándose en vuelos y revuelos de grandeza y fantasía desde sus palacios y sus faustos, á tiempo que en ella el tráfico, la moneda, el negocio, la máquina, hacen vida marital con el arte, la poesía, la suntuosidad y la belleza, precisamente lo mismo que ocurría en la purpurada Florencia.

A nuestra derecha, en el fondo, posada en el valle, Villanueva y Geltrú la gallarda, la de Cabanyes el enamorado, la Villanueva de mis amores y mis penas que, para mí, es ya sólo un vasto cementerio donde tantos y tantos amigos me esperan y donde enterré un día mi corazón y con él mi sangre y mi vida. Más allá, del lado donde el sol se pone, Tarragona la memorada, la que fué un tiempo capital de media España, que por ello se apellidó tarraconense, la Julia Victrix excelsa, la que, sólo por su nombre, tiene asiento en todas las historias del universo mundo, la que hoy, envuelta en la toga pretorial de sus románicos despojos, aparece como majestad caída, pero como gloria perdurable.

A nuestra vista, entre las brumas y nieblas del horizonte, perdida en la vasta extensión del vacío, la Baleárica romana, Mallorca la bella, que surge esbelta de entre las cerúleas olas, cristófora gentil, con colimbos de algas y atavíos de flores, ofreciendo su cestilla colmada por las áureas toronjas del jardín de las Hespérides.

Detrás de nosotros la fiera Cataluña, el severo Aragón y la dulce Valencia tan enlazads un día y tan hermanos, formando aquella gran Corona de Aragón de maravillante historia, universidad máxima, acrópolis, nobiliario y madre afortunada de glorias eternas y de eternas virtudes.

Todo esto vi yo y gocé desde el cabezo de aquel monte, donde, caídas ya las sombras, celebramos nuestra velada literaria, envueltos por el incienso atornillado de la sierra, el resinoso aliento de los pinos y los salitrosos aromas de la mar recostada junto al perlón, á la luz de antorchas enhestadas en rústicos hacheros, con cielo de estrellas y fulgores de celistia.

Allí, palmeadas con deleite y regocijo por damas y caballeros, se alzaron voces cristalinas en brazos de amorosas cantigas y sonaron dulcísimas notas del violín y de la flauta que parecían salir espolvoreantes por los aires para caer en lluvia de armonías sobre el concurso: allí, los versos de Quintana y de Zorrilla, los dos poetas coronados con la codiciada láurea, convertidos en palabras de fuego al ser leídos y declamados por una gran artista: allí, las sentidas composiciones de otros ilustres vates, y allí también estas modestas leyendas, que hoy á su instancia le envío, trasuntada alguna de pobres libros míos, que acomodé para aquella noche venturosa, y á las cuales dio el calor y la vida que no tenían la hermosa dama que tan maravillosamente supo comprenderlas y leerlas.

La velada terminó cuando estaba ya muy alta la noche; cuando el lucero matinal con argentado brillo y el gallo de la vecina masía con agudo canto nos anunciaron la proximidad del alba.

Nos retiramos de aquel sitio, ¿recuerda usted? murmurando aquella hermosa albada del poeta provenzal Beltrán de Allamanón, que no hubo de ser muy extraña á sus oídos, tan amante como es usted de las antiguas trovas provenzales.

Aun cuando usted la conoce en su original, no puedo menos de traducirle esta albada, ó alborada como usted dice, tal vez con más propiedad y justeza.

Esto me servirá para recordar el provenzal, que mis pecados políticos me hicieron olvidar un tanto, y también para que usted, conocedora á fondo de la lengua que hablaban los trovadores del siglo XIII, pueda enmendar mi traducción si, como supongo, dejé de acertar en ella.

La albada de Beltrán de Allamanón dice así, á mi entender, en su espíritu y en su letra:

El galán reposaba junto á la dama, objeto de sus amores, cuando oyó, á lo lejos, la voz del vigilante nocturno que anunciaba el amanecer gritando:—¡Via sus que ya veo llegar el día Iras del alba!

Y el galán, abrazando á su amada, le dijo:

—Vida mía, es Lora ya de separarnos. ¡Qué dicha la nuestra si el día se extinguiera, si el alba no apareciese! Pero, ¡ay de mi! Oigo ya gritar al vigía: ¡Via sus, que ya veo llegar el día tras del alba!

Vida mía, ¡qué noche más corta la que ahora termina! ¡Si fuese siempre de noche, corazón mío, siempre estaría entonces junto á la que he de amar siempre! Pero, ¡ay de mí! Oigo ya gritar al vigía: ¡Via sus, que ya veo llegar el día tras del alba!

Este relato pertenece al libro A Granel de Víctor Balaguer (1824-1901), escritor, poeta, político, etc. Padre y padrino de la "renaixença", llegó a ocupar varios cargos ministeriales. Murió en Madrid en el cambio de siglo. Tenéis una biografía muy completa (en catalán) en esta página dedicada a él, aquí. La obra de la que está extraído el exto es de 1896, en plena madurez del autor.

He elegido este relato por la descripción que hace de una velada literaria de la época, con música, trasnoche, etc. He respetado la ortografía original del texto, según la edición original, conservada en la Biblioteca Nacional de España.

Saludos,

P.S. Esta semana, por ser la que es sólo voy a postear textos literarios, en los que la flauta juega su papel, pero literarios.

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