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jueves, 19 de agosto de 2010

La tierra natal de Juana Manuela Gorriti

Os propongo un pequeño fragmento parte del libro La tierra Natal de J.M. Gorroti, la escritora argentina de vida bastante azarosa. Es la parte del libro donde se menciona a la flauta.
Éste es el fragmento:

...
- LX -

Momentos antes de partir el tren, llegó la diligencia que dos veces al día sirve el establecimiento de las Aguas-Calientes.

Traía cuatro señoras y un caballero anciano, que ocupaban el interior; y en la zaga y la imperial una colección pintoresca de gauchos, cuyas caras lustrosas estaban cantando el rico baño que acababan de gozar.

El anciano tomó el tren en nuestro wagon.

Como le tocara asiento cerca de mí, deseando noticias de una amiga que se encontraba en las Aguas Calientes, lo saludé presentándome, y le pregunté por ella.

-La dejé esta mañana en el bosque cercano al establecimiento. Allí da lecciones a su niña, y se pasea largas horas, leyendo o meditando.

-Admírame que a ella, tan espiritual, tan amable, le permita esos ocios la sociedad de los baños, en todas partes encantadora, debe serlo en intimidad y confianza, en ese paraje agreste.

-¡Oh!, no, señora mía fuelo en otro tiempo, cuando aquel lugar era un campamento, donde cada uno venía, plantaba su tienda, y vivía con sus vecinos cual amigos reuniéndose en meriendas y paseos entre los bosques o a lo alto de los cerros; bailando al aire libre: en la noche, a los rayos de luna; el día, a la sombra de un nogal silvestre.

Habríase dicho que eran una sola familia.

Ahora la industria ha traído al desierto sus provechosas mejoras, y levantado en él un hotel hermoso, provisto de todo el deseable confort: frescos dormitorios con todos los accesorios de la elegancia; lujosos comedor, un salón para la música, para al danza, y sobre todo para gozar el encanto dulcísimo de la conversación.

Pero el salón permanente, casi siempre vacío, el piano mudo, y pasadas las horas del baño y de la mesa, donde reina, si no el silencio, la frialdad, y la desconfianza, los huéspedes sepárense tan extraños unos a otros, como el primer día, las señoras se encierran, cada una en su cuarto y se acuestan temprano, para levantarse lo más tarde posible.

Lástima dábame de ver a los jóvenes privados del goce más dulce en el comercio humano: la sociedad de la mujer, recurrir al juego o al sueño, para llenar esa bella porción del tiempo: la noche.

Y es que, con el progreso ha venido el lujo, servido por la vanidad, que por todas partes ha extendido su imperio.

Allí, en ese lugar apartado, entre bosques y peñascos, se les halla, como en Buenos Aires, encarnado en las mujeres, extraviando su buen sentido con despóticas exigencias, locas pretensiones y necias rivalidades.

Los vestidos más o menos costosos, los abanicos, las joyas, las flores y los aigretts de los sombreros, abren abismos que, aún en ese paraje apartado, separan, una de otras, a las señoras, haciendo el aislamiento donde había de encontrarse una bella sociedad.

Caí de las nubes oyendo al pasajero.

-¡Ah! ¡Señor, qué decepción! -dije, verdaderamente apesarada- ¡Y yo, que, imaginando deliciosos los días de los bañistas en las Aguas Calientes, con el orgullo de mi provincialismo, convidaba a mis amigos de Buenos Aires a aquel oasis, donde gozarían los encantos de la naturaleza y los de la vida social!

-Esa es su historia antigua; cuando, a la par de la eficacia de sus aguas, eran provechosas a la salud de las expansiones de una cordial intimidad.

Si algún Arsene Houssaye hubiera escrito «el mundo de esas aguas», qué tesoro de relatos interesantes habría extraído de la vida diaria en aquella agrupación fraternal.

Hoy, una caza al tigre, con todas sus horripilantes peripecias; mañana una batida a las colmenas; otro día a cosechar flores en lo hondo de las cañadas.

Unas noches, ascensión a la cima de un cerro, para ver salir la luna llena y apostrofarla cada uno, con alguna frase de su invención.

Ya era baile de cómica etiqueta en que, con violín, y guitarra, y flauta , bailaban antiguas danzas: minué, paspié y la contradanza del desmayo.

Se cantaba, se recitaban versos y se representaban comedias.

Una noche, las jóvenes improvisaron un drama.

En el primer acto, a la entrada del parque de un convento de religiosas, un héroe proscrito, perseguido y herido mortalmente, llega y pide asilo.

Las santas mujeres, apiadadas de su desgracia salen a recibirlo.

Las autoras, obligadas actrices, trasformadas en tocas sus pañuelos de batista, y ellas en lindísimas monjas, salieron en comunidad a recibirlo, y se internaron en el montuoso camino del Rosado, perplejas sobre la confección del protagonista; pero en la esperanza de hallarlo en algún gaucho melenudo de los muchos que por allí andaban, y de quien pudieran reír a su gusto.

Pero mientras el público reía también, pensando en esto, he aquí, que se vio regresar a la graciosa comunidad, trayendo consigo a un hombre alto, esbelto, de ojos y cabellos negros, así como su larga barba, que descubierto y llevando de la brida su caballo las seguía silencioso y triste.

-¡El héroe! -murmuran en el corro de hombres.

-¡El héroe! -cuchichearon las señoras.

Era un viajero extraviado que, camino de Buenos Aires al Perú, había perdido el guía en aquellas inmediaciones.

El extranjero fue acogido cordialmente.

Las jóvenes, renunciando por el momento a su improvisado drama, propusieron un juego de prendas, y pidieron al viajero tomara en él su parte.

Llegada la hora de las sentencias, las muchachas intrigaron para que a este lo condenaran a contar una historia.

El desconocido se resignó galantemente, y hablando en castellano correctísimo, pero con marcado acento italiano, refirió la historia de un héroe, que, cautivo en los Plomos de Venecia, traicionado en su amor, vencido y aherrojado, pero firme en su fe, burló a sus guardianes, rompió sus cadenas, y llegó a tiempo de salvar a sus compañeros, atraídos por los tiranos a una infame emboscada...

El viajero se quedó sólo, con la frente entre las manos, sentado en las raíces del árbol donde había referido su historia.

No volvió a vérsele.

Al día siguiente había desaparecido.

A pesar de su extraña despedida, el misterioso italiano dejó un simpático recuerdo en la colonia balnearia.

Nadie dudó que aquella historia no fuera la suya.

Las jóvenes a quienes su imagen aparecía realzada con la aureola prestigiosa de la gracia, le consagraron una especie de culto.

Llamábanlo con tierna familiaridad: Mario.

Juraban por aquel nombre; en los juegos de prendas con él se contentaban, y nombrábanlo suspirando en las Columnas del Amor.

Todo esto, no sin gran despecho de los jóvenes estancieros de los contornos, que creyéndose con derechos adquiridos en aquella romántica soledad, no podían soportar la preferencia acordada a un desconocido.

En cuanto a los bonaerenses, eran gentes de mundo; y de todo aquello sacaban partido, para dar a nuestras bellas discretísimas bromas, en escenas como estas

-Amelia, hágame usted el favor de este vals.

-Estoy cansada. ¡He bailado tanto!

-¡Oh! Diga usted la verdad; diga usted que quiere recoger la mente para pensar en Mario.

-Pues para que usted vea cuan falsa es esa suposición, vamos a valsar.

-Una gracia, Alina.

-¿Cuál?

-Esa flor prendida en su cotilla.

-¡Temerario! ¡la pasionaria que llevo en el seno!

-En verdad que mi pretensión no sólo es temeraria, sino sacrílega. ¡Perdón! Una flor de nombre tan sentimental, debe ser consagrada al héroe de los Plomos. Olvidaba que lo oía decir a usted, no ha mucho.

-¿A mí? ¡Qué mentira!

Pero la flor rehusada caía del escote de la niña a la mano del joven, que la colocaba triunfante en el ojal de su gabán.

La visión del misterioso peregrino, tuvo un sangriento epílogo.

Juan J. Arauz, uno de nuestros compañeros de aquella época de Aguas Calientes, hallándose en París, pasaba una tarde por la calle de Grenelle, cuando vio venir en dirección a la plaza de este nombre, un carro cercado de guardias y seguido de una inmensa multitud.

En él iban tres hombres con las manos ligadas a la espalda.

Uno de ellos, en pie, imponente y sereno, miraba en torno, cual si sus ojos buscaran a alguien.

-¡Orzzini! ¡Muere en paz! Tu idea marcha -gritó, de repente, una voz que parecía cernerse en el espacio.

El hombre que estaba de pie sonrió con una sonrisa melancólica que despertó un recuerdo en la memoria de Arauz.

Aquel hombre era el viajero extraviado de las Aguas Calientes...

....

Juana Manuela Gorriti (1818-1896) fue una escritora argentina con una vida muy interesante. Como el blog es de lo que es, os propongo que vayáis a la Wikipedia para ampliar la información sobre su vida y milagros. Aquí. Una versión para lectura online la podéis encontrar en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes, aquí.

Saludos,

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