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lunes, 20 de septiembre de 2010

La flauta y la filosofía (según Platón)

Dentro de nuestro espacio de literatura en la que aparece la flauta, de forma tangencial o como protagonista, hoy voy a traeros unos fragmentos de textos de Platón.

Platón vivió en la época en la que los años llevan el añadido AC, aproximadamente entre el 427 y el 347 antes de nuestra era. Tratar de su figura escapa en mucho mis pretensiones así pues aquellos que queráis ampliar información sobre esta figura universal, la Wikipedia es el lugar adecuado, aquí.

Estos son los fragmentos,

La sofística
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Mas a fin de que no pienses que te engañas en este punto, de que todos los hombres tienen en realidad a todos los hombres por partícipes de la justicia y del resto de la virtud política, toma esta otra prueba. En las demás virtudes, como tú dices, si alguien declara ser un buen flautista, o virtuoso en cualquier otra arte en que no lo es, o se ríen de él, o se enojan contra él, y las personas de la familia se le acercan para hacerle darse cuenta, como a un loco; pero en la justicia y en el resto de la virtud política, aun cuando vean a alguien ser injusto, si de suyo dice acerca de sí mismo la verdad frente a la multitud, lo que allí tenían por buen sentido, decir la verdad, aquí lo tienen por locura, y afirman que todos deben declarar que son justos, séanlo o no, o que está loco quien no hace gala de justicia: como siendo imposible que nadie, quienquiera que sea, deje de participar de ella en algún modo, o no figuraría entre los hombres.

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¿Por qué, pues, de los padres dotados de buenas cualidades nacen tantos hijos mediocres? Apréndelo a su vez. No es nada para admirar, si es que decía verdad en las consideraciones anteriores, al afirmar que de este asunto de la virtud, si ha de subsistir la ciudad, nadie debe desentenderse. Si, pues, es así como digo -y así es más que ninguna otra cosa-, fíjate en cualquier otra de las actividades que pueden aprenderse, a tu elección. Si no fuese posible que subsistiera la ciudad, a no ser todos nosotros flautistas, en la medida en que fuese capaz cada cual, y tanto en la vida privada cuanto en la pública todos se dedicasen a enseñar esta arte a todos, castigasen al que no tocara bien, nadie sintiese celos de ella, como ahora no los siente de la conducta justa y de la obediencia a las leyes, ni las oculta, según se hace en las demás actividades objeto de un arte -pues provechosa, pienso, para nosotros la recíproca justicia y virtud, por lo que todos se enardecen por decir y enseñar a todos en qué consisten la conducta justa y la obediencia a las leyes- si, pues, así, también en el arte de tocar la flauta sintiésemos toda suerte de enardecimiento y de falta de celos por enseñarnos los unos a los otros ¿piensas, Sócrates, que los hijos de los buenos flautistas serían mejores flautistas que los hijos de los malos? Por mi parte, no lo pienso, sino que el hijo que resultase más apto para esta arte crecería en fama, mientras que el inepto permanecería oscuro; y en muchos casos de un buen flautista descendería uno malo, en otros muchos de uno malo uno bueno; sin embargo, flautistas en algún grado, al menos, serían todos, comparados con las gentes corrientes y que no entienden nada de esta arte.

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Sócrates

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¿Hay entre los hombres, Meleto, quien crea que existen las cosas humanas, sin creer en los hombres? Que responda, atenienses, y que no se alborote, ya de una manera, ya de otra. ¿Hay quien no crea en los caballos, pero sí en las cosas de los caballos? ¿O no crea en la existencia de los flautistas, pero sí en las cosas del arte de tocar la flauta? No lo hay, tú, el más honrado de los hombres. Si no quieres responder, yo lo digo a ti y a los otros aquí presentes. Pero responde al menos a esto: ¿hay quien crea que existen las cosas demoníacas, sin creer en los demonios? -No lo hay. -Cuánto me alegro de que hayas respondido, aunque sea con trabajo y obligado por éstos. Así pues, declaras que creo en cosas demoníacas y las enseño, sean nuevas, sean viejas, pero que al menos creo en cosas demoníacas, según tus propias palabras, y esto mismo has jurado en tu escrito. Pero si creo en cosas demoníacas, es evidente, absoluta necesidad, que yo crea también en los demonios. ¿No es así? Di. Veo que estás de acuerdo, puesto que no respondes. Pero los demonios ¿no los consideramos dioses, o hijos de dioses? ¿es así o no? -Es así. -Entonces, si admito demonios, según tú confiesas, y si los demonios son dioses en algún sentido, he aquí lo que yo llamaba tu acertijo y tu hacer gracias, el declarar que yo que no admito dioses, admito por otra parte dioses, puesto que al menos admito demonios. O de otra manera: Si los demonios son unos hijos bastardos de los dioses y de las ninfas, o de aquellas otras madres de quienes también se habla, ¿quién de los hombres admitiría la existencia de hijos de los dioses, pero la de los dioses no? Sería tan absurdo como si alguien admitiese la existencia de hijos de las yeguas y los asnos, los mulos, pero no admitiese la existencia de las yeguas ni de los asnos. No, Meleto, no hay manera de que no habiendo intentado ponernos a prueba con esto, hayas redactado este escrito, o no sabiendo qué verdadera culpa echarme en cara. Para convencer a ninguno, ni siquiera el menos inteligente de los hombres, de que no es del mismo admitir cosas demoníacas y cosas divinas, o que, a la inversa, no sea del mismo no admitir ni los demonios, ni los dioses, ni los héroes, no hay procedimiento. En conclusión, atenienses, que no soy culpable en el sentido del escrito de Meleto, no me parece cosa de más defensa, sino bastante la hecha.

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Saludos,



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