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martes, 21 de septiembre de 2010

Palabras en Juego

El Trapecio

A los tumbos irrumpió en la pista de aserrín. Ejecutó dos contorsiones medio chuecas, una voltereta al aire bastante aceptable, y con la voz desfigurada por los gorgoritos, dijo algunos disparates de payaso aprendiz. Luego, saludó con gestos aspaventosos, muecas, pantomima, risa pintada en su cara de almidón, y esperó el resultado... Nadie se rió, nadie aplaudió. El público se hallaba atento a la jaula de los leones que meticulosamente levantaban en el centro de la pista principal. Pese a su gracioso cometido, el hombre no había logrado contagiar su risa. De momento, Antonio era un bufón, un payaso novato del circo «Mundo Maravilla», el universo prodigioso de los Hermanos Galván; aunque parecía evidente que los prodigios no se hicieron para Toño. Y sí, dando tumbos en serio él andaba por la vida. No acertaba, no progresaba, ¡no funcionaba! Estaba en vías de concretarse el hecho de que Antonio era inepto para el circo. De partida, le habían propuesto ser malabarista y con un juego de bolas girando en el espacio lo lanzaron a la escena. Centelleaban las pelotas, se le confundían, se entrechocaban, y cuando más se esmeraba, más rápido iban en picada al suelo. Le vistieron de Mandrake, con bigotes a la gomina, frac de fantasía, sombrero de copa y varita mágica, pero los conejos se le empacaban en lo profundo de la galera y no descubría la forma de hacerlos aparecer. Lo subieron al caballo blanco de extravagante montura. El animal lucía perifollos en el hocico, en las polainas, en la cola... Y para completar su atuendo, se adornaba el pescuezo con un collar de cascabeles dando vueltas de retintín. Ajeno a las pompas y a los bríos del corcel, Toño se precipitó a tierra ni bien comenzó el engolado a dar su paso de corveta. Lo destinaron a entrenador de perros, a domador de tigres de Bengala, a encantador de serpientes, y tampoco sirvió. Lo iniciaron en los secretos de la dama barbuda y se espantó de los piojos en las crenchas rizadas. Lo invitaron a integrar la banda de músicos y tanto desafinaba soplando la flauta , que le provocaba dolor de oídos a la concurrencia. En vista de sus mínimas posibilidades, lo alentaron a ensayar con los enanos saltimbanquis. Antonio se dedicó a los trucos pequeños del arte liliputiense y también fracasó. Como recurso de emergencia lo consignaron a prestidigitador y en un pase de ilusión fallida, se le mezclaron los naipes con los pañuelitos multicolores. Considerando los privilegios que su rango familiar le otorgaba, no lo habían encargado de la cocina ni de la limpieza y mucho menos, del montaje de las carpas, sillas y otras prácticas de inferior categoría. En cambio, por su origen de pura cepa circense, experimentaron con él en casi todos los números que el programa estelar del «Mundo Maravilla» exhibía en cartelera. Y no consiguieron sacarle partido. El «casi», respondía al último baluarte. Y claro, ¡Antonio no se acercaba al trapecio! Eludía cualquier actividad en las alturas. Los equilibristas le causaban pavor. De sólo verlos caminar en puntas de pie, suspendidos allá arriba, a él se le aflojaban las piernas, temblequeaba... Y cuando la estrella del espectáculo se empinaba para el salto mortal, con la marcha fúnebre de fondo y el trapecio volando desquiciado, Toño entraba en pánico y escapaba irremediablemente. Por cierto, aquella fobia tenía explicación: entre sus antepasados abundaron los trapecistas. Fueron hombres y mujeres con estirpe de pájaros y orgulloso designio. Durante décadas surcaron los cielos de las tres pistas. Alcanzaron con los brazos tendidos y el cuerpo ligero, la cumbre y la fama. Pero ocurrió que los padres de Antonio murieron en plena función. Tomados de ambas manos cayeron al vacío, sin red, sin esperanza... En esa noche fatal, Antonio apenas contaba ocho años y como de costumbre, miraba el espectáculo desde la platea. Nunca olvidaría la tragedia espantosa. Los Hermanos Galván se sintieron comprometidos con el niño huérfano y lo enviaron de pupilo a un colegio hasta que se completara su educación. Mientras, el circo siguió su derrotero de vagabundo; conduciendo la caravana por caminos polvorientos, por pistas de seis carriles. Sentando las carpas en pueblitos desolados, en ciudades populosas. Y al cabo de dar la vuelta entera, los Hermanos Galván y su tropilla, regresaron al punto de partida. Encontraron a Toño hecho un hombre y se lo llevaron sin perder el tiempo. Emocionado, el muchacho se vio de golpe en medio de su gente. Ni bien traspuso el cerco de maderas multicolores y banderines de papel chifón, el olor a su infancia se le metió en el alma. Y aletearon los recuerdos, se desbandaron... Antonio recuperó el pasado, lo aspiró con nostalgia... Incienso, aserrín, tufo de animal montaraz, hicieron la ronda de los efluvios... Y allá, detrás de los carromatos, el aromático guiso de alcachofas borboteaba en la olla de hierro vieja y caliente como el infierno. Y bueno, así de venturosa fue su llegada, pero los días pasaban y no se producía el feliz hallazgo de un puesto apropiado, ya no sabían qué lugar ofrecerle. Toño no había tenido éxito en ninguna de sus tentativas. Ahora, precisamente, acababa de comprobar que haciendo de payaso, apenas pudo resaltar su nariz; por el gran tamaño y su colorada redondez. Lo demás, un fiasco, igual que los anteriores. Y para colmo y peor desgracia, se había enamorado a primera vista de la novia del titiritero. Una chica lánguida cual marioneta descoyuntada. Sin nervio, sin sangre; pálida y fría. Contra el desaire de esta muñeca de trapo, arremetían las quejas dolientes del infeliz Antonio. Aunque existía un resquicio de luz entre los pesares de Toño. Sí, los Hermanos Galván habían decidido eximirlo de su estadía en el circo y de la pesada carga que, en apariencia, significaba para él su prosapia de cirquero. Solamente por la memoria de sus padres caídos en el deber, le pidieron integridad y le aconsejaron realizar el esfuerzo definitivo. Si aceptaba someterse a la prueba de coraje que daba lustre y honor al «Mundo Maravilla», Antonio se convertiría, omitiendo el resultado, en un ciudadano respetable. Y después, si así lo deseaba, se marcharía para siempre. De más está recalcar que Toño no dudó un segundo en aceptar la sugerencia. Tanta era su vergüenza por los fracasos repetidos, que deseaba finiquitar el expediente con suma rapidez. A sabiendas de que no sería un asunto fácil, se preparó para el reto. Lo que fuese a suceder, tendría que cumplirse esa misma noche, en la última parte del último acto. Y se inició la ceremonia. Le vendaron los ojos con un listón orlado de lentejuelas. Lo enfundaron en una malla de blancura impecable. Le calzaron zapatillas fulgurantes. Lo izaron por una soga escalonada hasta el tablero más alto. Con su cabeza, rozaba el mástil de la carpa mayor. A ciegas, Antonio quedó arriba. Abajo, se extendían las redes dispuestas por si acaso... El trapecio se puso en movimiento. Alguien lo había impulsado con energía. Se agitaba en loco vaivén. Antonio escuchaba el silbido del columpio suelto a los vientos. La banda enlutó el repique de los tambores. Entonces, Toño comprendió dónde se hallaba y para qué. Asumió el desafío. ¡El pájaro de fuego que dormía en sus genes, había despertado! Antonio desplegó las alas y se lanzó por instinto hacia el salto mortal. Dio tres vueltas de cabriola sobre sí mismo y con las piernas dobladas, se enganchó al trapecio en el momento justo. ¡En el momento crucial! La tribuna estalló en aplausos enardecidos. Los hermanos Galván respiraron con alivio. Antonio había encontrado su lugar en el circo.

Yula Riquelme de Molinas (1941-) es una escritora paraguaya, nacida en Asunción. Escribe narrativa y poesía y está especializada en relatos cortos. Este relato pertenece al libro del título, Palabras en Juego, publicado en el año 2000.

Saludos

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