Calendario

domingo, 5 de septiembre de 2010

Tierras Solares de Rubén Darío

Venecia

Escribir sobre Venecia, insistir sobre Venecia... ¿todavía? Bien se pudiera, para nosotros, sobre todo, con un poco del montón estético ruskiniano, con Molmenti, con los mil de la bibliografía veneciana, hacer, al uso del fácil literaturismo, una labor de pintorescos retazos, como del viejo traje de Arlequín, desecho de los últimos carnavales... No en mis días. Uno podría aparecer de repente que me dijese: «Eso es de Ruskin», o u «es de Molmenti». Os doy mejor lo mío, mis impresiones, mis instantáneas intelectuales, a toda luz, para que todos las comprendan y las vean. Esto me atrae desde hace ya tiempo las simpatías de las excelentes personas que gustan de la claridad y de la sencillez...

Así, pues, guardo mi flauta y mi violín, que me habrían servido para ejecutar vagas rapsodias en esta ocasión, y digo simplemente que estoy en Venecia, de nuevo, y que, desde la misma ventana del hotel Bellevue, por donde me asomaba hace cuatro años, veo la misma joya bizantina de San Marcos, las palomas, la plaza, con el Campanile de menos, y los ingleses eternos, que van a visitar la iglesia, el palacio, y a dar de comer a las palomas... La primera vez me enamoré de Venecia con locura: hoy, creo que estoy siempre enamorado de ella, pero haría un matrimonio de conveniencia... No porque la juzgue muerta, como Maurice Barrés, porque Anadiómena no muere, sino por las malas frecuentaciones y relaciones que ha tenido; no por su decadencia, sino por su profanación. Profanación del peor vicio cosmopolita que viene a flotar en góndola, para dar color local a sus caprichos; del ridículo literario de todas partes, que escoge como decoración de insensatez estos lugares divinizados por la poesía y consagrados por la historia; del dinero anglosajón y alemán que vulgariza los palacios y las costumbres, del turismo carneril que invade con sus tropillas todo rincón de meditaciones, todo recinto de arte, todo santuario de recuerdo. Esto se ha convertido, ¡oh, desgracia!, en la ciudad de los Snobs, en Snobópolis. Y es el peor snobismo existente el que aquí se da cita. ¿Sabéis que podéis encontrar en el Danieli aristocracia adventicia, falsa y pentapolitana? Chiflados de todas partes vienen a querer convertirse en ruiseñores y a creer que hacen brillar la renovación de grandes nombres. Periodistas ricos y novelistas de París, de Londres, de otras partes, vienen a vivir dos meses de novela pseudosentimental que les dé para ponerla en una serie de artículos, en un volumen... Pintores de rezagado romanticismo enfermos, o de ultrahisterismo rematados, ainda mais llenos de ideas morbosas, llegan a proyectar telas y a realizar escándalos de que los Esclavones sonríen y la Piazzetta se conmueve, aun... Tal novelista bulevardero, busca aquí temas o decorado, para sus escenas, para su literatura asfaltita. Y las siete lámparas de la Arquitectura no se apagan, y las Piedras de Venecia siguen impasibles.

...Piedras de Venecia, ¿quién diría vuestros encantos, vuestros misterios, vuestros maravillosos secretos, vuestras floraciones de idea y de arte? Muchos lo han dicho -y el mejor, y el último, ese inexcusable D'Annunzio... Y he aquí que D'Annunzio, se me asemeja a esa prodigiosa Venecia... ¿Raro? No sé. Vamos a ver.

«Venecia, la poética, la soberbiamente dulce, la celeste Venecia» -decía yo a un amigo mío, compañero de viaje, mientras la góndola nos conducía en esas aguas soñolientas cuyo paludismo se mezcla a tanta reminiscencia intelectual... Y me esforcé en hacer todo lo posible para presentarle, en cortas frases, una monografía veneciana, una imagen pequeña como en un pequeño espejo, de la soberana y magnífica república, del poderío antiguo, de la maravilla de sus grandezas comerciales y políticas, de su vida artísticamente real y práctica, y cruel y terrible y poética y sangrienta. Le cincelé en poca prosa un Puente de los Suspiros... Le hice ver el Canalazzo, casi en verso, con estrofa por palacio... Le diluí, con mi mejor manera, la dulzura de amar y el ardor de amor, en ese ambiente. Le hice sentir a Giorgione, y adorar el Ticiano, a su manera. Vio de oro, de mármol y de sol amable la ciudad de silencio, de amor y de crepúsculo. Saqué mi violín... En esto llegó, en otra góndola, un agente de una casa de cristalería y muebles... Fuimos a los almacenes. Vimos muchas cosas de todas clases y hubo que comprar. Había una Venus de mármol, cristales finísimos y pacotilla... Recordé un cuento de Julio Piquet, a —175 propósito de un lindo vaso. Hubo que hacer sumas... Hablamos en inglés... El agente hacía señas al vendedor, para su comisión... Afuera brillaba un bello sol sobre el gran canal... Eso es D'Annunzio... ¿y qué?... Eso es nuestro tiempo. Eso es nuestra vida actual. Eso es: pompa y oropel, brillo y negocio...

...La negra góndola va por el agua negra y mal oliente. Relucen sus adornos dorados. Va entre las viejas puertas, las paredes viejas y las rejas de las famosas prisiones. El gondolero no deja de enseñarme su lección de historia hasta que le pido silencio. Va la negra góndola. Sale al gran canal. La tarde es literaria. El sol va adorablemente dorando con oro violeta las aguas, y con oro rojo pálido la cúpula de San Giorgio... La luz, el paisaje, la armonía suprema natural, el horizonte «histórico», el aire melificado por siglos de besos de amor, los poetas que por aquí pasaron, los duxes, los conquistadores... ¡Qué hermoso escenario para veinte años vírgenes y una lira! Yo tengo casi el doble, y sin palma; y el instrumento apolíneo creo que se me quedó en Buenos Aires...

Llego al Lido en momentos en que puedo presenciar un lamentable espectáculo. Don Carlos de Borbón y su esposa Doña Berta de Rohan, bajan a tierra, de su barquilla a vapor, o a gasolina, una especie de automóvil marítimo. Hace años os he hablado, con respeto y simpatía, de ese rey en el destierro... Hoy le veo y me parece que no le ha limado el tiempo. Su Doña Berta -«¡Rohan soy!»- es la misma. El aspecto del monarca in partibus es el mismo, y su humor que se transparenta por sus maneras, pintado admirablemente por Luis Bonafoux, debe ser el mismo. Y César, el perro, de que hablé también hace ya tiempo, sigue siempre al lado del amo, símbolo de la carlista fidelidad:

Conozco la mayor parte de las repúblicas nuestras, con sus extrañas políticas movidas desde los palacios presidenciales y casas de distintos colores, y llego a este propósito a recordar la ocurrencia que en una revista francesa expresó un chispeante escritor argentino, Luis B. Tamini: Los pueblos latinoamericanos unidos en un gran imperio, o reino, y proclamado y coronado señor, Don Carlos de Borbón! La broma da que pensar, sobre todo, si se han leído los versos en que un poeta y diplomático del Perú, el distinguido Señor Chocano, dice con su épica trompa:

Ve a Porfirio I: si él es fuerte y es grande,

grande y fuerte es su pueblo. Y él nos da la lección.

Quien le diga tirano, ya sabrá que en América

los rieles que se clavan son los grilletes de hoy.

Yo no sé lo que dirán de eso mejicanos poco entusiastas por los rieles del presidente Díaz, como el escritor Ciro Ceballos. Mas volviendo a Don Carlos, no me uniría yo a la proclamación que inicia Tamini, desde que le he visto salir de su lanchita a vapor en las playas de ese Lido por donde vaga el recuerdo de Byron. Le he visto, con su esposa, ella muy elegante, muy parisiense, él muy sportmant, muy inglés, con su sombrerito de paja y doblado el ruedo de los pantalones, como es de uso entre la correcta gente británica: Hasta allí todo va perfectamente. Mas ¿esa banderita española que parte los corazones, en la popa de la lanchita automóvil? ¿Y esos marineros, vestidos como comparsas de zarzuela patriótica, con cintas amarillas y rojas en vestidos y sombreros?... ¡Oh, Daudet, oh, Voltaire!

Llevo, en la obscura barca el libro en que Barrés, cultivando siempre su yo, realiza preciosas páginas de amable filosofía. Y me fijo en las que hablan de «las sombras que flotan sobre los ponientes del Adriático». Es una la del sereno Goethe, otra la del sentimental Chateaubriand, otra la del borrascoso lord Byron, dos unidas, las de Musset y George Sand; otra la del pintor suicida, Leopoldo Robert; luego la de Taine, la de Gautier, la de Wagner. Pienso que esas sombras tienen mucha culpa, con los evocadores de ellas, de que la encantada ciudad pueda justamente ser denominada Snobópolis. Desde más de un honesto burgués atacado de mal de novela vivida, hasta los equívocos Aldesward, se acogen, quién al amparo de la sombra de Musset, quién a la de Wagner. Solamente a la del sesudo Taine sospecho que la dejan tranquila.

...¡Musset, George Sand! Acaba de publicarse la correspondencia de ese famoso par de románticos, y no por pura indiscreción del encargado de la publicación, o de las familias respectivas, sino por póstuma voluntad de aquella terrible señora, que pensó en el futuro, en que la humanidad del porvenir tendría interés en saber sus intimidades poco delicadas, y la estupenda situación del menage à trois sentimental y físico que sostuvieron su inaudito carácter y su extraordinario temperamento. Sand, Musset, Pagello... ¡Da pena leer esas cartas, pena por el pobre Musset, jovencito, soñador, alcoholizady en manos de semejante literata! La literatura les unió, y Pagello, que no entendía de literaturas, aparece allí como el más interesante bruto. Él es el único que está en la vida. A los dos curiosos amantes, apenas el velo de oro de la gloria alcanza a librarlos del ridículo. Ellos mismos fueron snobs avant la lettre.

Oigo, por la noche, en el silencio de los canales, bajo el taciturno cielo, como eco de cantos. Vuelvo a la góndola y me dirijo hacia en donde, en una gran barca adornada de farolillos de colores, suenan violines y flautas y guitarras. Allí, una graciosa muchacha, acompañada por los instrumentos, canta sus canciones. La barca está rodeada de góndolas, y todos los que han llegado atraídos por la armonía, escuchan. Hay allí seguramente espíritus de pasión, almas de ideas; y hay allí, seguramente, de los cosmopolitas de Snobópolis. Hay quienes, silenciosos, sueñan su sueño, y quienes se engañan así mismos, en una aventura de farsa, en una comedia amorosa, artística o literaria. De todas maneras, es este aún uno de los lugares de la tierra en donde, los enamorados del amor o de sus visiones, pueden encontrar un refugio, a despecho de los profanos invasores. Aunque se quiera, no puede haber un automóvil. No hay más que el de Don Carlos sobre las aguas... Se puede también apartar por momentos, mejor que en ninguna parte, la dolorosa realidad cotidiana. «El único medio eficaz de soportar la vida, es olvidar la vida» dice el ya citado M. Taine. Aquí se puede gozar de ese olvido, pues Venecia, todavía, a pesar de los judíos de las fábricas de vidrios, a pesar de los clientes del café Florián, a pesar de los estetas de larga cabellera, es un país de sueño y de ilusión, un reino florido de versos y de melodías. Y la belleza de las mujeres venecianas, consagrada en rimas y en cuadros magistrales, con sus gloriosas cabezas que Ticiano amaba, está allí, indestructible, atractiva, demandando la ofrenda del canto y el tributo del amor. Amor que inspiran, no terribles y estrepitosas Pentesileas de letras, como la ilustre jamona del lírico de Las Noches, sino prodigios de gracia y de decoro juveniles, primaverales, como aquella divina y casi impúber condesa que adoró a Byron, la Guiccioli, cuyo nombre vibra en la noche del tiempo como un trino de italiano ruiseñor.


Rubén Darío (1867-1916) fue un poeta nicaraguense, espejo en el que se miraron varias generaciones y máximo representante de lo que se llamó el Modernismo. PAra una completa reseña biográfica, una vez más la Wikipedia es una excelente fuente, aquí.

Tierras Solares es una obra en prosa de 1904, de interesante lectura. El fragmento elegido menciona la flauta en un par de ocasiones.


Saludos

No hay comentarios: