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martes, 5 de octubre de 2010

El sentimiento de lo humano en América

Hoy el texto literario que os propongo se sale de lo habitual. Es un texto de antropología del pensador chileno Félix Schwartzmann Turkenich (1913-). Para ampliar información sobre él, lo de siempre, aquí.

El libro, que da título a la entrada es de larga extensión y este pequeño fragmento pertenece al Segundo Tomo, capítulo VII, en este fragmento se describen los actos de cortejo y concretamente se cita a la flauta como... mejor lo léeis.  Aquí está,


Capítulo VII

Del sentimiento de Lo Humano




- I -
     La naturaleza misma del espiritual aislamiento del americano, condiciona su forma de vivir al hombre, la que se desenvuelve a favor de un particular problematismo, donde la convivencia participa simultáneamente de sentimientos de hostilidad y de anhelos de aproximación interior al otro. Sin embargo, en esta actitud de hermetismo no es lo esencial la falta de prójimo dada como decidida posición negativa, enemiga de la creación de vínculos profundos, sino la intransigencia. Intransigencia, en cuanto ella supone afirmar, un aspirar creciente hacia algo no logrado, cabal necesidad de prójimo. O, expresado más formalmente: ciertas modalidades de percepción del alma ajena, de sensibilización frente a ella, condicionan el comportamiento que aparecerá como abriendo un abismo entre las individualidades, al favorecer un hermetismo anímico insalvable cada vez que, por algún motivo, la relación no pueda desenvolverse con plenitud. De este modo, el aislamiento subjetivo se delata como la consecuencia psicológica de una acendrada experiencia de la individualidad, cuyo despliegue se inhibe, entre otras causas, por la existencia de un contorno social percibido como extraño. Es la soledad en la convivencia -en el sentido que le hemos dado anteriormente - que una vez más vemos cómo penetra todas las relaciones.

     Describiendo las características propias de los pueblos de la pampa argentina, en que la «fiesta» es el mismo pueblo reunido, E. Martínez Estrada nos entrega la pintura fiel de uno de los aspectos del aislamiento, cuyo perfil interior buscamos en su fuente viva: «Si se baila, las parejas no hablan, atentas al compás. Y, sin embargo, algo se comunican, porque el amor no tiene otras oportunidades. Las mujeres ocupan un sector, en sillas alineadas; los hombres se agrupan aparte, beben y dicen picardías. La orquesta de violín, flauta y guitarra hace que los hombres vayan hacia las mujeres, y hombres y mujeres están juntos mientras lo quiere la música. Inmediatamente después de cesar, cada cual ocupa de nuevo su sitio; ellas a un lado y ellos a otro. Las pobres mujeres están acostumbradas a contentarse con muy poco y a ser resignadas. De ese contacto fugaz, superficial, corporal, nace a veces el amor fecundo en hijos. El noviazgo se inicia así, de manera que nadie lo advertiría, y es curioso cómo ellas pueden adivinar en esos hombres que se avergüenzan de la mujer, que se las desea. Se diría que el noviazgo es entonces lo más natural, una necesidad inherente a ese estado de cosas. Mujer y hombre se aman desde tal fecha y ni el noviazgo ni el matrimonio tendrán después mayores complicaciones. Inclusive el adulterio, si sobreviene, será una peripecia sencilla. Las pasiones, como los vicios y virtudes son fuerzas naturales. Por dentro de todos y por sobre todos está la naturaleza; ese campo liso, monótono, eterno»

     En Chile, podríamos describir una fiesta de campo con parecidos tonos y claroscuros, y aplicar también las finas observaciones del pasaje que comentamos a momentos semejantes en la vida de otros países latinoamericanos. Y aún pensamos que Martínez Estrada está en lo cierto cuando dice, refiriéndose al hombre de la pampa que las «tentativas de establecer una correspondencia humana a fondo, se le frustran porque es un ente solitario». Por dondequiera vemos la unidad que elaboran entre sí mirar sombrío, soledad, pasión, indiferencia, tanto como ambigua apatía, abandono y tensión, naturaleza y paisaje, voluntad personal y fuerzas elementales desatadas en el mundo exterior. No obstante, creemos que este escritor corta las alas a la posible universalidad de su visión al atisbar lo originario, más en lo geológico, geopsíquico -si se quiere-; más en la ahistoricidad del paisaje y su grandeza opresora; más, en fin, en las hostilidades materiales de la soledad, que en la busca que se orienta hacia la primaria experiencia del otro, hacia la soledad por honda y trascendente necesidad de prójimo.

     Trátase, por lo tanto, de un género de aislamiento espiritual que alumbra un deseo vehemente de proximidad con el ser del otro. Tal proximidad, cuando logra realizarse con plenitud, no tolera otro elemento inarmónico en la relación que el constituido por la mutua experiencia de la inefable singularidad. De tal suerte, que la vinculación inmediata con la persona ajena, y el ascenso hasta la inefable desarmonía de lo singular en uno y otro, que todo vínculo posee como límite, representa la voluntad más honda latente en el aislamiento. Por eso ocurre que en las relaciones entre el hombre y la mujer, la dolorosa certidumbre de una insuperable limitación comunicativa se vierte, al fin, en el deseo de unificarse con lo amado. Así, de la recíproca contemplación, del buscar lo infinito en lo profundo de la mirada se tiende, en el amor, a una especie de voluntaria pérdida de la individualidad.

     La experiencia o visión de lo singular en el alma fundamenta o restringe la posibilidad de establecer vínculos profundos, según que ella se inhiba o exprese. En el primer caso, conduce al aislamiento; en el segundo, en cambio, se acrecienta la pasión de realidad que guía a la acción, en el fondo siempre animada de amor a lo singular en el hombre.

     Este vivir la presencia humana de que aquí tratamos, es anterior a cualquiera racionalización o mito romántico erigido sobre la idea de la individualidad. Cabe afirmar, en efecto, que quien experimenta originariamente la presencia de la criatura, acrecienta y purifíca su afectividad en tanto percibe la espontaneidad expresiva que aquélla encierra. Cuando hablamos del americano del sur como del hombre sin prójimo, nos referimos a su modo de tenerle presente, de amarle o juzgarle a través de las más contradictorias reacciones. Porque esa manera no siempre se proyecta o continúa creadoramente en la actividad social, sino que, a menudo, aflora en actitudes de repulsa ante el otro, orientadas por su característico recogerse dentro de sí mismo.

...

El sentimiento de lo humano en América : antropología de la convivencia. Tomo II, Félix Schwartzmann

Saludos,

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