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lunes, 4 de octubre de 2010

Las ilusiones del Doctor Faustino de Juan Valera

En nuestro apartado dedicado a la literatura con flauta os traigo este fragmento de la novela del título


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-¿Qué quiere Vd., amigo mío? -contestó don Juan Fresco-. Yo no digo que esto sea mejor que todo, sino que tal me lo parece. Mis viajes y mis estudios, y el haber visto la bahía de Río-Janeiro, y las costas fertilísimas que la circundan, y sus lagos interiores, y las cien islas de la bahía enorme llenas de perenne verdura, y sus sierras gigantescas, y sus florestas seculares, y sus bosques fragantes de naranjos y limoneros, y el haber vivido en la orillas feraces del Ganges y del Brahmaputra con sus pagodas, palacios y jardines, y el haber visitado las márgenes del golfo de Nápoles tan risueño y lleno de recuerdos clásicos, no destruyen en mí la arraigada condición del bermejino, quien jamás cree ni confiesa que haya nada más bello, ni más fértil, ni más rico que su lugar y los alrededores de su lugar. ¿Qué me importa a mí que el horizonte sea aquí mezquino? Mejor: más allá de ese horizonte pongo con la imaginación lo que se me antoja. Si quiero ver en realidad, no ya lo grande, sino lo infinito, ¿no me basta con alzar los ojos al cielo? ¿Desde qué punto penetra más la vista en las profundidades de sus abismos, que desde aquí, donde el aire es diáfano y puro, y rara vez las nubes se interponen entre mis ojos y las más remotas estrellas? Además, aunque sea pequeña la extensión de tierra que abarco con los ojos, ¿no la agranda el conocerla toda punto por punto y el poblarla de memorias y de casos, mil veces más interesantes para mí que los de Rama, Crishna y Buda en la India, y los de Eneas, Ulises y las Sirenas en Nápoles? ¿Qué encanto no tiene el poder exclamar como exclamo: cuantos olivos se divisan por toda aquella ladera los he plantado yo mismo; todo aquel viñedo es también creación mía; aquella casería colorada es la de mi amigo Serafinito y sé cuántas tinajas de vino da cada año; más allá, blanquean las tierras de la capellanía de usted que son algo calizas; aquel huerto le tuvo arrendado mi madre y allí pasé algunos de los mejores años de mi niñez? ¿Ve Vd. aquel cañaveral, que está en medio del huerto, a orillas del arroyo?- Y D. Juan Fresco señalaba con el dedo.

-Sí le veo -contestaba yo.

-Pues allí tuve yo la primera revelación de la belleza artística, la inspiración primera, mi mayor triunfo y la satisfacción del amor propio más pura, más completa y más sin pecado que he tenido en mi vida.

-¿Cómo fue eso? -preguntó Serafinito.

-El cañaveral -respondió D. Juan-, está ahora como a principios del siglo presente, cuando tenía yo diez años o menos. Yo era entonces tan ignorante que más no podía ser; no sabía leer ni escribir ni tenía idea cierta de nada. Me figuraba el cielo como una media naranja de cristal, donde estaban clavadas las estrellas a manera de clavos, y por donde resbalaban la luna, el sol y algunos luceros, movidos por ángeles u otras inteligencias misteriosas. En el seno de la tierra suponía yo un espacio infinito, unas cavernas sin término, un abismo sin límites, lleno de diablos y condenados; y más allá de la bóveda celeste, otro infinito de luz y de gloria, poblado de santos, vírgenes y ángeles, y donde había perpetua música, con la que se deleitaban el Padre eterno y toda su corte. Según la creencia general de los de mi pueblo, estaba yo persuadido de que precisamente en cima de Villabermeja, que es donde más se eleva la bóveda azul, estaba el trono de la Santísima Trinidad. La música celestial era allí mejor que en ningún otro confín de los cielos; y yo me recogía en el silencio de las siestas, y me retiraba al cañaveral, y cerraba los ojos y reconcentraba todos mis sentidos y potencias, a ver si lograba oír algo de aquella música, que no imaginaba muy distante. A tal extremo llegó mi entusiasmo que pensé oírla algunas veces. Yo era aficionadísimo a la música, y si mi manía de ver mundo y mi vida agitada de marino y de comerciante lo hubieran consentido, quizás hubiera sido un excelente artista. Lo cierto es que un día corté una caña de cañaveral, hice varios canutos, y a fuerza de pruebas y tentativas, ya horadando con mi navajilla los canutos de un modo, ya de otro, acerté a dar su justo valor a cada nota, y logré formar una acordada y sonora flauta, con la que tocaba cuantas canciones había oído, y muchas sonatas que se me figuraba que no había oído jamás en el mundo, porque las inventaba yo mismo o eran como reminiscencias vagas de la música del cielo que había logrado oír en mis arrobos. Mi invención de la flauta y mi habilidad para tocarla fueron muy celebradas en todo el lugar y me valieron un millón de besos de mi pobre madre. Consideren ustedes ahora si, teniendo éstos y otros recuerdos aquí, no me han de parecer Villabermeja y sus alrededores más hermosos que todas las zonas habitables del globo terráqueo.

Nada tenía que replicar a esto Serafinito, más convencido que el propio D. Juan de todas las excelencias de Villabermeja. Sólo yo replicaba, pero D. Juan Fresco me sellaba los labios con nuevos argumentos, en los que aparecía un carácter poético que jamás había yo sospechado en aquel hombre.

En vista de esto, di otro giro a la conversación, diciendo a D. Juan:

-No quiero disputar más con Vd., y doy por valederas y firmes las razones que alega, a pesar de ser tan sofísticas. De lo que me permitirá Vd. que hable es de la extrañeza que me causa ver a Vd. lleno de un sentimentalismo tan subido de punto y de tantas ilusiones poéticas, impropias de un positivista.

-Paso por lo del sentimentalismo -replicó don Juan-. Jamás he presumido de tener el alma de alcornoque, si bien no me jacto tampoco de tierno de corazón. En lo que no convengo es en lo de las ilusiones. En mi vida tuve ilusiones, ni quise tenerlas, ni me he lamentado de esta falta, ni he llorado el haberlas perdido. Nada me repugna tanto como las ilusiones.

-¿Cómo que no tiene Vd. ilusiones? ¿Pues acaso no se apoya un poco en ilusiones su amor de Vd. a este lugar?

-No se apoya este amor en ilusiones, sino en realidades. Discutir sobre esto sería, con todo, volver al tema de la primera disputa, y no quiero volver. Quiero, sí, demostrar a Vd. que no tengo ilusiones y que importa no tenerlas: que no hay mal mayor que tener ilusiones.

-Pues qué -dijo entonces Serafinito-, será un absurdo lo que dice el poeta:


   Las ilusiones perdidas                             
son las hojas desprendidas                       
del árbol del corazón.                 



-El dicho del poeta no es absurdo -contestó don Juan Fresco-, si se entiende de cierta manera; pero convengamos en que todo el género humano nos está aburriendo en el día con tanto lamentar la pérdida de sus ilusiones, las cuales bien pueden ser las hojas del árbol del corazón, mas no son ni el fruto sazonado ni las flores fragantes y salutíferas.

-¿Qué entiende Vd. por ilusiones? -dije yo.

-Un concepto sugerido por la imaginación, sin realidad alguna -contestó D. Juan-. Ilusión equivale a error o mentira. Perder las ilusiones es lo mismo que salir del error y alcanzar la verdad. Y la adquisición de la verdad, que es el mayor bien que apetece el entendimiento, no debe deplorarse.

-Me parece que Vd. se contradice. ¿No nos decía Vd., poco ha, como sintiendo haber perdido aquella ignorancia, que su ignorancia de niño le hacía ver entonces el cielo y la tierra de cierto modo poético? Claro está que, con el saber de Vd. en el día, no verá ni la tierra ni el cielo del mismo modo.

-Sin duda que del mismo modo no los veo. Pero ¿de dónde infiere Vd. que los veo ahora de un modo menos poético que entonces? ¿En qué se opone a la poesía, no ya mi poco de ciencia, sino toda la ciencia que atesoran y resumen cuantas academias y universidades hay en el mundo? Para saber yo que una ilusión es ilusión y perderla o desecharla, importa que la ciencia me demuestre su vanidad y su falsedad, y aún no me ha demostrado la ciencia la vanidad ni la falsedad de ninguna ilusión cuya pérdida merezca ser llorada. Otro poeta ha dicho: El árbol de la ciencia no es el árbol de la vida; pero yo sostengo lo contrario: el árbol de la vida es el árbol de la verdadera ciencia.

- No comprendo bien sus pensamientos de Vd.

- Veamos si los comprende Vd. ahora. Dígame Vd.: el concepto de lo conocido por la experiencia en el día, ¿no es mayor, más bello y más sublime que el concepto de lo conocido y sabido por experiencia en cualquiera época de la historia, anterior a ésta en que vivimos?

-Esto no se puede negar procediendo de buena fe. Vd. habla sólo de lo conocido por experiencia. Lo malo está en que, al conocer por experiencia, se pierde la facultad de imaginar y de creer, y de esto nos lamentamos.

-Veo, pues, que Vd. conviene, como no puede menos   —40→   de convenir, en que lo conocido ahora por experiencia vale más que lo antes conocido. Debemos presumir, por lo tanto, que mientras más se conozca, más bello, más sublime, más noble será el concepto de las cosas todas, en cuanto conocidas.

-¿Pero lo imaginado en ellas no desaparece? -repliqué yo.

-¿Por dónde ni cómo ha de desaparecer? Aunque yo vea ahora el cielo como un espacio inmenso y los astros separados unos de otros por distancias enormes, más allá de donde llegan los ojos y el telescopio, ¿no me queda campo en que imaginar lo que guste y creer en lo que quiera?

-Al menos me concederá Vd. que tendrá que poner muy lejos, muy lejos, cuanto imagina o cree.

-Pues se equivoca Vd. también en eso, porque no se lo concedo. ¿Qué es lo que yo veo y noto, qué es lo que yo averiguo por experiencia, sino algo de extrínseco y somero? De accidentes sé algo; pero la misteriosa esencia de los seres, ¿quién la ve y quién la conoce? ¿Son tan torpes y necias las ondinas y las sílfides, que se dejen aprisionar por el químico para que, al descomponer el agua y el aire, haga su análisis en retortas y alambiques? ¿Qué microscopio, por perfecto que sea, podrá descubrir el espíritu de vida que fecunda los estambres de las flores   —41→   y pone en ellos el polen amoroso? El duende, el genio, el demonio que me inspira, que directamente se entiende conmigo, que toca sin intermedio en mi alma y se comunica con ella, ¿a qué ley de física o de matemáticas obedece? ¿Dónde está la demostración que me pruebe su no existencia? ¿Quién midió jamás y señaló los linderos de la percepción humana, hasta el punto de afirmar: nadie ve o advierte más allá? No sólo con el sentido interior, sino con los exteriores, ¿ha demostrado alguien que no haya personas que vean y sientan y se comuniquen y traten con otras inteligencias ocultas? ¿Pues qué, no es inexplicable en el fondo el que Vd. y yo nos entendamos hablando, revistamos nuestro pensamiento de una forma sensible y nos le transmitamos, no en realidad, sino en un signo material y convencional que le representa, y que se llama palabra, y que es un mero son que agita el aire y por medio de sus vibraciones llega a nuestros oídos? ¿Quién sabe cómo se entenderán y con quién se entenderán otras personas? ¿Se habla de continuo de lo sobrenatural y de lo natural, como si se conociera perfectamente la distinción, y se marcara el término o la raya que separa lo uno de lo otro, como si hubiésemos explorado en lo extenso y en lo intenso a la naturaleza? No, amigo mío: la frontera   —42→   entre lo natural y lo sobrenatural o no existe o está borrada. Donde ponemos mugas y señales y hacemos apeo y demarcación es sólo entre lo sabido y lo ignorado, lo cual es muy diferente. Nada más infundado, por lo tanto, que llamar edades de fe a las antiguas edades y edad de la razón a la nuestra, contraponiendo la razón a la fe, como si el imperio de la fe, que es infinito, se menoscabase en lo más mínimo con las conquistas y anexiones que la razón va haciendo en su pequeño imperio. Ciertas ilusiones, que no lo son, no se pierden, pues, con la ciencia. Al contrario, la grande y efectiva ilusión está en creer que la ciencia mata lo que vemos con la fantasía o con la fe, calificándolo de ilusiones. Esta es una ilusión de la vanidad científica. Tal vez sea la más perjudicial de todas las ilusiones, aunque no es la más bellaca.

-¿Cómo es eso? -dijo Serafinito-. ¿Conque tener ilusiones es una bellaquería?

-Casi siempre -replicó D. Juan.

-Vd. habla así -dije yo- porque llama ilusiones a las malas y no a las buenas.

….

Su autor es Juan Valera y Alcalá-Galiano (1824-1905), escritor, político y diplomático cordobés del XIX, formado entre Málaga y Granada . Viajero incansable por su vertiente diplomática y representante por excelencia del Realismo. Su primera novela, Pepita Jiménez (1874), es su obra más conocida y probablemente más conseguida. El fragmento que os traigo es de su siguiente novela, de 1875. Sobre el autor y su obra, una vez más, la wikipedia tiene amplia información. Aquí.


Saludos,

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