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domingo, 10 de octubre de 2010

Vargas Llosa y la flauta (III)

Hoy le toca el turno a




Pantaleón y las visitadoras

—Ah, ya estás levantado, hijito—pasa la noche sobresaltada, en su sueño una cucaracha es comida por un ratón que es comido por un gato que es comido por un lagarto que es comido por un jaguar que es crucificado y cuyos despojos devoran cucarachas, se levanta al amanecer, pasea por la sala a oscuras retorciéndose las manos, cuando oye seis campanadas toca el dormitorio de Panta
la señora Leonor—. Cómo ¿te has puesto el uniforme otra vez?
—Todo Iquitos me ha visto uniformado, mamá —comprueba que la guerrera se ha desteñido y
que le baila el pantalón, se mira en distintas poses en el espejo y se llena de melancolía.
Pantita— No tiene sentido continuar con esta mentira del señor Pantoja.
—Eso tendría que decidirlo el Ejército, no tú —equivoca las llaves de la cocina, derrama la leche, recuerda que ha olvidado el pan, no puede impedir que la bandeja tiemble en sus manos la señora Leonor—. Ven, siquiera toma un poco de café. No salgas con el estomago vacío, no seas mula.
—Está bien, pero sólo media taza—va muy calmado al comedor, coloca quepí y guantes sobre la mesa, se sienta, bebe a sorbitos
Panta—. Anda, dame un beso. No pongas esa cara, mamacita, me contagias tu angustia.
—Toda la noche he tenido pesadillas terribles—se derrumba en el sofá, se lleva la mano a la boca, tiene la voz griposa y torturada la señora Leonor—. ¿Y ahora qué te va a pasar, Panta? ¿Qué va a ser de nosotros?
—No va a pasar nada—saca unos soles de su billetera, los pone en la bata de la señora Leonor, abre una persiana, ve gente yendo al trabajo, al mendigo ciego de la esquina instalado ya con su platillo y su flauta .
Panta—Y, además, si pasa, no me importa.
—¿Han oído la radio?—rebota de estupor en el asiento del taxi, oye exclamar al chofer y repite no es posible, que desgracia, paga, baja, entra a Pantilandia dando un portazo, aúlla Iris—. ¡Lo agarraron al Hermano Francisco! Estaba escondido por el río Napo, cerca de Mazán. Me da una pena, que le irán a hacer.



—Su equivocación nos viene costando una semana de colerones y de malas noches— enciende un nuevo cigarrillo, chupa, bota humo por la boca y la nariz, tiene los cabellos alborotados, los ojos enrojecidos y fatigados el Tigre Collazos—. ¿Es verdad que pasaba personalmente por las armas a todas las candidatas al Servicio de Visitadoras?
—Era parte del examen de presencia, mi general—enrojece, enmudece, articula atorándose, tartamudea, se clava las uñas, se muerde la lengua el capitán Pantoja—.
Para verificar las aptitudes. No podía fiarme de mis colaboradores. Había descubierto favoritismos, coimas.
—No sé cómo no acabó tuberculoso—aguanta la risa, ríe, se pone serio, vuelve a reír, tiene los ojos con lágrimas el Tigre Collazos—. Todavía no descubro si es usted un pelotudo angelical o un cínico de la gran flauta.
—El Servicio de Visitadoras al agua, el Arca al agua, ya no hay a quien defender y nadie me afloja ni medio —se golpea la barriga, se tuerce, retuerce, chasquea la lengua el Sinchi—. Hay una conspiración general para que me muera de hambre. Esa es la razón de que no te responda y no tu falta de encantos, cara Penélope.
—Terminemos este asunto de una vez—da un golpecito en la mesa el general Victoria—. ¿Es cierto que se niega a pedir su baja?
—Me niego terminantemente, mi general—recobra la energía el capitán Pantoja—. Toda mi vida está en el Ejército.

...

¿Qué será un cínico de la gran flauta? Lo podemos imaginar...
Saludos,

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