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lunes, 11 de octubre de 2010

Vargas Llosa y la flauta (IV)

Lituma en los Andes


-Denle más trago, conchas de su madre y no mariconeen -ordenó un matón-. Las cosas, si se hacen, se hacen bien.
En vez de la quena o la flauta de otras veces, Dionisio se había puesto a tocar el rondín. Su aguda vocecilla metálica irritaba los nervios del mudito, al que muchas manos sostenían de los brazos y la espalda, impidiéndole desplomarse. Sus piernas eran de trapo, sus hombros de paja, su estómago un lago con patos y su cabeza un remolino de luceros fosforescentes. Las estrellas destellaban y había repentinos arco iris coloreando la noche. Si él hubiera tenido fuerzas, con solo estirar la mano hubiera tocado un astro del cielo. Sería suave, tierno, cálido, amistoso como el cuello de una vicuñita. De rato en rato le venía una arcada pero no tenía ya nada que vomitar. Sabía que si esforzaba los ojos y se limpiaba las lágrimas que los nublaban, vería flotando en la inmensidad del cielo, sobre las montañas nevadas, trotando hacia la luna, la alegre manada de las vicuñas.



Saludos,

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